Las torrijas son repostería de aprovechamiento elevada a categoría de fiesta. Nacieron para no tirar el pan duro y han acabado siendo uno de los dulces más queridos, sobre todo en Carnaval y Semana Santa. Bien hechas, son un bocado tierno por dentro y dorado por fuera.
El pan, mejor del día anterior
Para torrijas, el pan fresco no sirve: se deshace. Lo ideal es un pan algo asentado, de miga densa, cortado en rebanadas gruesas. Hay pan de torrija específico, pero una buena barra del día anterior funciona perfectamente.
El remojo, ni mucho ni poco
El pan se empapa en leche infusionada con canela y piel de limón, o en vino o almíbar según la receta. El punto justo es clave: debe quedar bien empapado pero sin deshacerse. Después se pasa por huevo batido y se fríe en aceite caliente.
- Infusiona la leche con canela y cáscara de limón o naranja.
- Empapa el pan lo justo, escúrrelo y pásalo por huevo.
- Fríe en aceite bien caliente y déjalas sobre papel para quitar el exceso.
El toque final
Recién fritas y aún templadas, se rebozan en azúcar y canela o se riegan con miel diluida. Esa cobertura crujiente y dulce sobre la miga jugosa es lo que las hace irresistibles. Un dulce humilde, de origen pobre, que demuestra que el aprovechamiento también puede ser una fiesta.