El roscón es el reto repostero del 6 de enero. Da algo de respeto, sobre todo por la masa, pero con calma y unas pautas claras sale un roscón esponjoso, aromático y muy superior a la mayoría de los comprados. El secreto está en los tiempos.
El aroma, lo primero
Lo que distingue a un buen roscón es su perfume: ralladura de naranja y de limón y, sobre todo, agua de azahar. Un poco basta para llenar la cocina de ese aroma inconfundible. Sin agua de azahar, el roscón pierde gran parte de su carácter, así que merece la pena buscarla.
Paciencia con los levados
La masa de roscón es enriquecida, con huevo y mantequilla, y por eso necesita tiempo para subir. Hay dos levados: uno largo de la masa y otro ya con el roscón formado. No hay que tener prisa ni forzar con calor excesivo; la masa sube a su ritmo, y ese reposo es justo lo que da una miga esponjosa.
- Trabaja la masa hasta que esté fina y elástica, aunque cueste.
- Forma el aro con un hueco generoso en el centro: cerrará al subir.
- Pinta con huevo y decora con azúcar humedecido, fruta y almendra.
Relleno al gusto
Una vez horneado y frío, se abre y se rellena. Nata montada, crema o trufa, según la casa. Y no puede faltar la tradición: el haba y la figurita escondidas. Quien encuentra la figurita es el rey; quien encuentra el haba, paga el roscón del año que viene.