El flan de huevo es el postre casero por excelencia: humilde, económico y reconfortante. Hecho como manda la tradición, al baño maría y con caramelo de verdad, no tiene nada que ver con los de sobre. Y, aunque parezca delicado, sale bien con un par de cuidados.
El caramelo, sin quemarlo
El caramelo es lo primero. Azúcar y unas gotas de agua a fuego medio, sin remover con cuchara (mejor mover la cazuela), hasta que tome un color ámbar dorado. El punto es delicado: si se pasa, amarga; si se queda corto, no sabe a nada. En cuanto está, se reparte por el molde.
La mezcla y el baño maría
- Bate huevos, leche y azúcar sin montar demasiado para que no haga burbujas.
- Infusiona la leche con piel de limón o vainilla para más aroma.
- Cuece al baño maría, en el horno o al fuego, con agua que no llegue a hervir fuerte.
Por qué el baño maría
El baño maría es la clave de la textura. El agua reparte un calor suave y uniforme que cuaja el flan poco a poco, sin que se hagan agujeros ni quede gomoso. Si se cuece a fuego directo y fuerte, el huevo se cuaja de golpe y el flan sale lleno de poros.
El reposo en frío
Un buen flan necesita enfriar bien en la nevera, mejor de un día para otro, antes de desmoldar. Así cuaja del todo y el caramelo se vuelve líquido y baña el flan al volcarlo. Paciencia recompensada con un postre que siempre triunfa.