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Setas de otoño: las variedades que empiezan a salir en septiembre y cómo cocinarlas con seguridad

Con las primeras tormentas de finales de agosto, el monte empieza a llenarse de níscalos y rebozuelos antes de que llegue octubre. Esto es lo que puedes recoger ya y cómo prepararlo sin sustos.

Setas de otoño: las variedades que empiezan a salir en septiembre y cómo cocinarlas con seguridad

Hay un momento muy concreto, entre finales de agosto y mediados de septiembre, en que las primeras tormentas de calor humedecen el monte lo suficiente como para que el micelio despierte antes de tiempo. No hace falta esperar a octubre para encontrar setas: en los pinares de Segovia, en el Sistema Central y en buena parte del Pirineo, los níscalos ya empiezan a asomar entre la hojarasca cuando todavía hace calor por las tardes. Quien espera a la temporada "oficial" suele llegar tarde a la mejor cosecha, porque estas primeras oleadas apenas duran diez o quince días antes de que el calor residual las seque otra vez.

El níscalo, Lactarius deliciosus, es probablemente la seta más agradecida para quien empieza: su color naranja con anillos concéntricos es difícil de confundir, y al cortarlo suelta un látex de color zanahoria que se oxida a verde en pocos minutos, un rasgo que ningún otro hongo comestible común imita con tanta fidelidad. Crece casi siempre bajo pino, sobre todo pino resinero y pino silvestre, y prefiere los suelos ácidos y algo removidos de los pinares de repoblación. Si conoces algún pinar cerca de casa que no haya sido pisoteado por otros buscadores, merece la pena que lo visites justo después de una tormenta de verano, con dos o tres días de margen para que el agua haya calado bien.

Qué más puedes encontrar antes de que llegue octubre

El rebozuelo, o chantarela, es la segunda gran protagonista de este arranque temprano. A diferencia del níscalo, prefiere los bosques de hoja caduca —robledales y hayedos, sobre todo en zonas del norte peninsular como Asturias, Cantabria o el País Vasco— y necesita algo más de humedad constante para salir. Su color amarillo yema de huevo y su forma de trompeta invertida lo hacen bastante reconocible, aunque existe una confusión clásica con el falso rebozuelo (Hygrophoropsis aurantiaca), que no es tóxico pero tampoco tiene el mismo interés gastronómico: la diferencia está en las láminas, que en el rebozuelo verdadero son en realidad pliegues gruesos y poco definidos, mientras que en el falso son láminas finas y muy apretadas.

En zonas de encinar y alcornocal del centro y el sur —la Sierra de Cazorla, Extremadura, buena parte de Castilla-La Mancha— también empieza a aparecer la oronja, Amanita caesarea, considerada por muchos micólogos la mejor seta comestible de la península. Aquí es donde hay que extremar la prudencia de verdad, porque su pariente cercana, la Amanita phalloides, comparte hábitat y temporada, y una confusión entre ambas puede ser mortal. La oronja tiene el sombrero anaranjado liso, las láminas y el pie amarillos, y nace envuelta en una volva blanca en forma de saco que se rompe al crecer. La phalloides, en cambio, tiene el sombrero verdoso u oliváceo, las láminas siempre blancas —nunca amarillas— y también una volva en forma de saco. Si tienes la menor duda entre estas dos especies, no te la comas bajo ningún concepto: no hay atajo ni truco casero que sustituya a una identificación segura.

La seguridad no es opcional: cómo verificar lo que has recogido

La mayoría de los colegios oficiales de farmacéuticos de España mantienen durante la temporada un servicio gratuito de identificación de setas, y muchos ayuntamientos de zonas micológicas —Segovia, Soria, algunas comarcas de Cataluña— organizan puntos de control durante los fines de semana de más afluencia. Aprovéchalos. Llevar la cesta entera a revisar antes de limpiar nada te cuesta veinte minutos y elimina cualquier riesgo real, algo que ninguna aplicación de móvil ni ninguna guía fotográfica puede garantizar con la misma fiabilidad, por buena que sea la foto.

Hay una regla que conviene interiorizar antes de salir al monte por primera vez: nunca comas una especie que no puedas identificar con total seguridad solo porque "se parece" a otra que conoces. La intoxicación por Amanita phalloides no da síntomas hasta pasadas seis, doce o incluso veinticuatro horas desde la ingesta, cuando el daño hepático ya está en marcha y la ventana para un tratamiento eficaz se ha estrechado peligrosamente. Ese retraso es precisamente lo que hace tan traicionera a esta especie: quien la come no nota nada raro esa misma noche, cena tranquilo, y solo al día siguiente empiezan los vómitos y la diarrea que muchos confunden con una gastroenteritis banal.

Permisos y normas que conviene conocer antes de salir

En varias comunidades autónomas, recoger setas ya no es tan libre como hace veinte años. Castilla y León exige desde hace tiempo un permiso micológico de pago en buena parte de sus montes públicos, gestionado a través de la plataforma Micodata, con tarifas que varían según la comarca y que suelen rondar entre cinco y quince euros al día para quien no es vecino del municipio. Cataluña aplica un sistema parecido en algunos espacios naturales protegidos, y en Navarra y el País Vasco cada coto puede tener sus propias restricciones de cupo diario, normalmente entre dos y cinco kilos por persona. Antes de salir con la cesta, merece la pena consultar la normativa del monte concreto que piensas visitar: las multas por recolectar sin permiso en zonas reguladas no son simbólicas, y algunos ayuntamientos han empezado a vigilar activamente los aparcamientos de acceso durante los fines de semana de mayor afluencia.

Más allá del papeleo, hay una norma no escrita que todo buscador experimentado respeta: corta la seta con una navaja a ras de tierra en lugar de arrancarla de cuajo. El micelio, que es la parte viva y permanente del hongo, vive bajo el suelo y no sufre daño si dejas la base intacta; arrancar tira de las hifas y puede perjudicar futuras cosechas en el mismo punto. Llevar la recolección en una cesta de mimbre, no en bolsas de plástico, también ayuda a que las esporas se vayan dispersando por el camino mientras caminas, lo que a largo plazo mantiene vivo el punto de recogida para años siguientes.

Cómo limpiar y conservar las setas recién cogidas

Evita lavar las setas bajo el grifo salvo que sea estrictamente necesario: absorben agua como una esponja y pierden buena parte de su textura al cocinarlas. Lo mejor es limpiarlas con un cepillo suave o un paño húmedo, retirando la tierra de la base del pie con una puntilla. Los níscalos, en concreto, conviene cortarlos por la mitad al limpiarlos: si aparecen agujeros de gusano —algo muy habitual en esta especie durante los primeros calores de septiembre—, es preferible descartar esa pieza antes que arriesgarte a que el problema se extienda al resto de la cesta en la nevera.

Si no vas a cocinarlas el mismo día, guárdalas en la parte menos fría del frigorífico dentro de una bolsa de papel, nunca de plástico, porque el plástico retiene la humedad y acelera la descomposición. Aguantan bien dos o tres días en estas condiciones. Para conservarlas más tiempo, la congelación funciona mejor que cualquier otro método casero: saltéalas brevemente en la sartén sin nada de aceite, deja que suelten y evaporen su propia agua, y congélalas ya cocinadas en raciones. Descongeladas así conservan mucha más textura que si las congelas crudas, que es el error más habitual entre quien empieza a cocinar setas silvestres.

Tres formas de cocinarlas que respetan el producto

Los níscalos a la plancha con un chorrito de aceite de oliva virgen extra, ajo picado muy fino y perejil al final son, para mi gusto, la mejor manera de conocer esta seta: apenas tres o cuatro minutos por cada lado, sal en el último momento y nada más. Cualquier salsa pesada o exceso de especias tapa precisamente lo que hace especial al níscalo, ese punto ligeramente resinoso y amargo que recuerda al bosque de donde viene. Si buscas algo más contundente, un revuelto con huevos camperos y unas láminas de jamón ibérico funciona bien porque el níscalo aguanta el calor sin deshacerse, algo que no ocurre con setas más delicadas como el rebozuelo.

El rebozuelo, precisamente por su textura más fina, agradece cocciones más cortas y menos agresivas: un salteado rápido con mantequilla y un poco de tomillo fresco, servido como guarnición de una carne blanca o simplemente sobre una tostada de pan de payés, saca todo su partido sin necesidad de complicarse. La oronja, por su parte, es la única de las tres que muchos micólogos y cocineros prefieren comer prácticamente cruda, en láminas muy finas aliñadas con aceite, sal en escamas y quizá unas virutas de queso curado —una preparación que en Castilla y León se conoce desde hace generaciones y que demuestra hasta qué punto esta seta no necesita artificios para brillar en el plato.

Un arroz con setas mixtas, combinando níscalos y rebozuelos a partes iguales con un buen caldo de ave casero, es probablemente la receta que mejor aprovecha una cesta variada de las que se recogen en estas primeras semanas de septiembre. No hace falta esperar a que caigan las hojas para disfrutar de la temporada micológica: el monte, si sabes dónde y cuándo mirar, ya está dando de comer desde ahora mismo.