La coliflor carga con mala fama, casi siempre por culpa de cómo se cocina: hervida de más, soltando ese olor que invade la casa y con una textura blanda y triste. Bien tratada, sin embargo, es una verdura estupenda, y gratinada se gana hasta a los más reacios.
El primer error: la cocción
La clave está en no pasarse con el hervor. La coliflor solo necesita unos minutos en agua con sal, lo justo para que quede tierna pero firme, al dente. Si se cuece de más, suelta azufre, que es el responsable del olor, y se deshace. Mejor cortarla en ramilletes parejos y vigilar el reloj.
La bechamel sin grumos
El gratinado clásico lleva bechamel, y aquí también hay truco. Tuesta la harina en la mantequilla un par de minutos antes de añadir la leche, y hazlo poco a poco y removiendo sin parar. Una leche templada se integra mejor que una fría. La bechamel debe quedar napante, ni líquida ni tan espesa que parezca masa.
- Una pizca de nuez moscada le da el punto justo a la bechamel.
- Reparte la coliflor en una fuente, cubre con la salsa y queso rallado.
- Gratina arriba unos minutos hasta que la superficie esté dorada.
Variaciones que funcionan
Sobre esa base se puede jugar: unos taquitos de jamón, un poco de pan rallado para una costra más crujiente o cambiar parte de la coliflor por brócoli. El contraste entre la verdura tierna, la bechamel suave y el queso tostado por encima es lo que convierte un ingrediente humilde en un plato que apetece repetir.