A finales de octubre las pastelerías se llenan de dos dulces que solo aparecen una vez al año: los buñuelos de viento y los huesos de santo. Hacerlos en casa tiene su trabajo, pero el resultado merece la pena y la cocina huele a fiesta.
Buñuelos de viento
Se parten de una masa choux, la misma de los petisús: agua, mantequilla, harina y huevos. El nombre lo dice todo, al freírse se hinchan y quedan huecos por dentro, ligeros como su nombre indica. El punto del aceite es clave: ni tan caliente que se quemen por fuera y queden crudos dentro, ni tan templado que se empapen de grasa.
- Fríelos a fuego medio para que se inflen poco a poco.
- Se rellenan con crema, nata o chocolate una vez fríos.
- Un rebozado final en azúcar es la versión más clásica.
Huesos de santo
Más laboriosos, pero un clásico irrenunciable. La parte exterior es mazapán, una pasta de almendra molida y azúcar que se estira y se enrolla en forma de tubo, imitando un hueso. El relleno tradicional es de yema, ese dulce de color intenso que se hace con yemas de huevo y almíbar.
Un consejo para no sufrir
El mazapán se reseca rápido al aire, así que conviene trabajarlo cubierto con un paño húmedo y por tandas. Y si la yema parece complicada, hay rellenos más sencillos que funcionan igual de bien: crema pastelera, chocolate o incluso dulce de coco. La tradición está para disfrutarla, no para amargarse, así que cada uno la adapta a su nivel y a su paciencia.